Seamos honestos. Todos los padres pierden los nervios en alguna ocasión.

Tengo dos hijos, uno de siete años y otro de cinco. Disfruto pasar tiempo con ellos.  Debo decir que existe una conexión emocional muy fuerte entre nosotros, tenemos muchos momentos  llenos de alegrías que puedo conservar durante toda mi vida. "Cuando juego con mis hijos a las escondidas, y casi todas las ocasiones finjo que no los encuentro; cuando imaginamos que somos exploradores, científicos o que soy una princesa que vive encerrada en lo alto de un castillo y mis hijos son dos caballeros que luchan por rescatarme". Pero no siempre es así.

Como padres nos enfrentamos en ocasiones, a una conducta desafiante de nuestros hijos y por momentos llegamos a perder el control y ¡EXPLOTAMOS! y gritamos, y luego, unos minutos más tarde... sentimos que somos los peores padres del mundo.  Tal vez sea una cuestión hormonal o simplemente tuve un mal día. Si eso mismo te sucede, no debes preocuparte, y te digo porqué.

Un grito a tiempo, siempre y cuando no lo asustes, no tendrá ningún efecto adverso sobre el desarrollo de su cerebro social y emocional. Sin embargo, puede romper la conexión que existe entre ustedes. Lo que realmente importa es que esa ruptura sea separada, pues de no ser así, el vínculo de amor que te une a tu hijo se puede debilitar. Si eres consciente de que te estás exaltando demasiado o descargando el estrés motivado por otros factores y que al niño le afecta tu reacción, deberías optar por lo que se llama respuesta interactiva o relacionada. Debes sentarte con él acariciarlo y disculparte para que puedas volver a conectar con él. De este modo le estarás dando un ejemplo magnífico, además de enseñarle a cómo amar en paz cuando sea mayor. Si estos momentos de relación profunda resultan efectivos, tu hijo dejará de solucionar sus conflictos con respuestas primitivas de "huir o mostrar su cara de enfado", como lo son arremeter contra alguien o marcharse de tu lado. Muchas parejas se resienten porque ninguno de los dos es capaz de conseguir una respuesta interactiva.

Si tu hijo grita porque no quiere que lo saques de la regadera o porque quiere otra galleta, no debes ceder a sus exigencias. Tienes que marcar los límites con firmeza y si le dices "NO" con respeto (sin enfadarte con él o avergonzarlo), no dañarás el vínculo de amor que existe entre ustedes. Al contrario, esto contribuirá a que tu hijo se sienta más seguro en compañía de papá o mamá.