MI EXPERIENCIA COMO MAMÁ.

Cuando nació mi primer hijo, me impresionó darme cuenta del impacto que pueden ejercer las relaciones cotidianas entre padres e hijos en el cerebro de estos. Leí investigaciones, libros y estudios sobre el desarrollo del bebé desde su formación en el útero materno, las etapas de desarrollo y la crianza de los niños; sin importar si puedes o no amantar a tu hijo, si lo llevas en brazos o lo transportas en una carriola. Incluso, si haces colecho o no... al final todas las mamás deseamos lo mejor para nuestros hijos.

Decidí comenzar este proyecto por mis hijos, pero también por el interés constante de descubrir maneras de fomentar la creatividad y los sentidos en los niños; de construir la capacidad permanente de ellos por explorar, de dotarlos de un entorno que garantizara su desarrollo y potenciara sus habilidades. Hoy existen investigaciones que demuestran que  el poder de la crianza también influye en la capacidad de los niños de vivir la vida, ayudándoles a desarrollar la voluntad de conseguir aquello que se proponen.

Los padres no somos magos. No podemos garantizar la felicidad de nuestros hijos cuando sean mayores, ni protegerles de las pérdidas y rechazos. Podemos, no obstante, influir en los sistemas cerebrales de nuestros hijos que son claves para el desarrollo de su potencial para una vida profundamente satisfactoria.